Ojos azules

Fue entonces cuando navegue en sus preciosos ojos. Su azul intenso me convirtieron en alguien insignificante, en un ser muy pequeño como una hormiga. Se expandieron cual océano infinito, cual universo sin fin. Toda mi existencia fue puesta en duda al navegar en esos ojos azul oscuro, un azul tan oscuro y tan hermoso como el mar en una noche estrellada. Un aura mágica me rodeó y sentí que flotaba. De pronto me vi en dos sitios totalmente dispares: por un lado, me sumergí en las profundidades de los océanos, donde las especies acuáticas desconocían el placer del calor solar, entre arrecifes sin descubrir y un silencio sepulcral. Por otro lado viajé hasta los confines del universo, surcando cada rincón de la galaxia. Tuve la sensación de estar flotando entre planetas aún no vistos por el ojo del hombre. Salté entre los gigantescos anillos de Saturno y visité cada una de las estrellas que brillaban en el cielo nocturno.

Y todo eso con tan sólo dejarme llevar por su mirada. Ese mirar que desnuda las almas mortales y las convierte en entes inocentes salvados de todo pecado original.

Esos ojos... ¡Ay, cómo me cautivas con ese color tan antinatural!

Y entonces me miró aún más profundamente con ese mirar tan cautivador, tan inocente y puro y a la vez tan provocativo y tentador. Mi cuerpo se derritió como la nieve al sol y sentí la necesidad de abrazarla, de besarla y recorrer cada curva de su blanca y suave tez con mis dedos. Aunque la deseaba, permanecí inmóvil, cautivado por su mágico hechizo. Poco a poco se alejaba de mí. "No, no te vayas. Pasemos la noche juntos", quise proponerla. Pero mi boca sólo pronunció las siguientes palabras:

– Hasta mañana.

Hasta mañana, mi ángel, mi día y mi noche. Hasta mañana.

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