¿Qué era eso que sentía? ¿Esto era lo que la gente normal llamaba felicidad? Sí, parecía que sí. Nunca antes una oleada de alegría y bienestar había invadido su ser de esa manera. Claro, como todo el mundo, había disfrutado de ese estado de humor durante un tiempo determinado, pero no con tanta intensidad. Ya le habían descrito qué era la felicidad y también lo había leído en los libros. La describían como algo cálido y reconfortante. Te abrazaba con amor, como lo haría una madre con su hijo. Si a él le hubieran preguntado qué era la felicidad no habría encontrado las palabras acertadas, pues esa sensación, que había sido tan desconocida para el durante tanto tiempo, no podía tener una descripción que abarcara todo lo que significaba. Esa satisfacción carecía de límites.
Se dejó llevar por el momento, por esa marea que le mecía con suavidad, como si su alma fuera un bebé dormido y no deseaba despertarlo. No conoció una dicha más grande que la que experimentó durante unos minutos. Y fue entonces cuando, en medio de tanta felicidad, permaneció sonriente, ajeno a todos los males y preocupaciones que le acechaban.
Se dejó llevar por el momento, por esa marea que le mecía con suavidad, como si su alma fuera un bebé dormido y no deseaba despertarlo. No conoció una dicha más grande que la que experimentó durante unos minutos. Y fue entonces cuando, en medio de tanta felicidad, permaneció sonriente, ajeno a todos los males y preocupaciones que le acechaban.

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