La cazadora

Se acercaba el momento clave. Su presa se hallaba a escasos metros. El viento soplaba suavemente a su favor, por lo que la víctima aún no se había percatado ni de su existencia ni de su intención. Un ratón de dimensiones bíblicas roía plácidamente un trozo de queso. Y ahí, entre el campo verde, la cazadora acechaba, con su cuerpo en constante tensión. Ni tan siquiera parpadeaba. Se asemejaba a una estatua, a una figura hecha de escayola, que permanecía inmóvil y ajena a todo aquello que no tuviera relación con ella o con su presa.

De repente, el ratón salto.

– Esta es la mía – se dijo la cazadora.

Y se lanzó con precisión y sin dudar. Sus garras lograron herirle, pero el ratón seguía saltando. ¿Cómo era eso tan siquiera posible? No, no se iba a rendir. Cazaría ese pequeño ser endemoniado aunque fuera lo último que hiciera en vida. Eran las consecuencias de vagar por su territorio.

Alzó una pata hacia su víctima, y luego la otra. Enseñó los dientes con rabia. Era demasiado rápido, pero la agilidad de la cazadora no conocía límites. Saltó apoyando todo el peso sobre las patas traseras y lo capturó. Acto seguido, y con aspecto triunfante, mordisqueo su recompensa.

– Pero, ¿qué haces, pequeña gata? – oyó a su espalda.

Se trataba de su ama. La miró con sus ojos grandes y verdosos.

– Mira, he cazado un ratón – maulló.

– Que bicha eres. Has destrozado tu peluche otra vez.

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