Sive

Sive se escondió en un callejón oscuro. Su respiración entrecortada mostraba fatiga. Si expulsaba el oxígeno de esa manera, podrían encontrarla. Se obligó a sí misma a mantener la calma y a relajarse, pero era imposible. La habían descubierto. Ignoró por completo los sabios consejos que recibió por parte de su familia hacía ya bastantes años. Por el rabillo del ojo observó algo reluciente que ondeaba y unos gritos lejanos. Se tapó la boca y trató de vigilar sin ser vista entre las sombras. Varios pueblerinos buscaban a alguien con antorchas y arpones. La buscaban a ella, pues nadie había sido tan insensato como ella. Se maldijo mil veces y se preguntó qué se la había pasado por la cabeza al decidirse por revelar su gran secreto. Ahora, corría para salvar su vida. Bueno, se había mostrado tal y como era, ¿no? Tampoco había hecho nada malo. Nadie había acabado herido ni nada. El impulso de esa muchedumbre era el miedo y el desconcierto por lo insólito. Sive era, a sus ojos, una extraña, una invasora que quería perjudicar sus vidas y cubrirlas de pecados.

Los gritos de la gente furiosa se acercaron poco a poco. Entre los insultos y amenazas oyó que un niño la llamaba “bruja”, otro, “pecadora”; y un anciano deseaba la muerte de la joven de cabellos blanquecinos. Las llamas de las antorchas bailoteaban en sus ojos azules y desconcertados.

– ¡Aquí está! ¡Atrapadla antes de que se escape! – chilló una vecina sobre su cabeza.

Antes de que pudiera reaccionar, la muchedumbre se abalanzó sobre ella. Deseó maldecir a la vecina chivata con una vida en silencio. La haría desaparecer la lengua. Sí, podría hacerlo. ¿Por qué no? Mantuvo el contacto visual con la desconocida que, a los pocos segundos, se llevó las manos a la garganta. Balbuceaba unas palabras difíciles de entender. Daba la sensación de que se estaba ahogando. Sí, muérete de una vez.

Pero al final, Sive se detuvo. No, no soy de ese tipo de personas. Y la dejó tranquila. La mujer respiró con dificultad, tratando de entender lo que había sucedido. Fue entonces cuando cayó en la cuenta.

– ¡Ha intentado matarme! – chilló la señora.

– ¡A la hoguera con ella!

Al evadirse de su entorno, sus voces y reclamos fueron desapareciendo. Sintió que unas manos desconocidas la despojaban de la ropa y la vestían con una túnica hecha con una sábana que apestaba a orines. Un escupitajo aterrizó en su mejilla y una manzana podrida la alcanzó en la frente. Otras manos la colocaron algo en el cuello. Al notar el frío hierro clavándose en la mandíbula inferior supo enseguida que se trataba de la horquilla del hereje.

– Así no lanzarás tus hechizos, bruja – escupió un hombre.

Una parte de su ser ansiaba vengarse. No era justo que la trataran de esa manera después de haber salvado tantas vidas con sus pociones, después de ayudar fielmente a su rey. Si así lo deseaba, podía acabar con todos esos indeseables que la querían ver muerta. No necesitaba articular ni una sola palabra para invocar su magia. Con la mirada provocaría un incendio que quemaría hasta las almas de aquellos que dicen ser puros. Pero esa voz interna que la impulsaba a asesinarlos cesó, pues, pese a todo, en su corazón no hallaba hueco para el dolor y la vergüenza que cualquier otra persona podía sentir ante una situación similar.

La gente aplaudía y chillaba mientras amontonaban maderas y trapos húmedos en aceite. En el centro de todos esos bártulos se alzaba un poste de tres metros de altitud. Cuando la montaña de madera fue lo suficientemente alta, dos hombres musculosos agarraron a Sive y la amordazaron con cuerdas. A sus pies, espectadores de todas las edades se arremolinaban, entusiasmados por ver a la última bruja arder. Nadie quería perderse el espectáculo. Entre esos rostros que pedían sangre se encontraban anteriores clientes que reclamaban pociones para calmar sus malestares. Trató por todos los medios contener su enfado, pues toda esa hipocresía la hería más profundamente que cualquier cuchillo. Enfrente de Sive, una plataforma de madera se alzaba y un hombre, ataviado con una sotana negra, sostenía un pergamino amarillento. Junto a él, se encontraban otros dos hombres: el alguacil y el alcalde del pueblo. El sacerdote miró a través de sus gafas de finas lentes, sujetadas al final de su nariz puntiaguda y sonrió. El orgullo invadió todos los poros de su piel. Había completado la misión de Dios eliminando a todas esas rameras que pecaban y convertían el pueblo en hogar de demonios y súcubos. Ante él tenía a la última de las brujas de Europa. Había soñado tanto con que llegara ese día y por fin lo estaba viviendo.

– Queridos hermanos, estamos aquí para celebrar la condena de la última bruja viviente llamada Sive – anunció con una potente voz que resonó por todos los rincones del pueblo –. Con su justa muerte acabaremos con el pecado que mora en el mundo. Porque así lo dice en la Biblia y lo desea Dios.

– ¡Hosanna! ¡Hosanna en las alturas! – chilló una mujer.

El alguacil se adelantó para leer su sentencia, aunque la joven lo tenía muy claro.

– Sive, has sido condenada a morir en la hoguera por los siguientes crímenes – extendió un pergamino y leyó atentamente –: brujería, adulterio, fornicación con demonios, herejía, asesinatos, traición, adulterio e infanticidio.

– Todos sabemos por qué condenamos a esta pecadora – interrumpió el sacerdote –. Es una bruja y  por ello debe morir.

Agarró una antorcha y se aproximó a la pila de madera abriéndose paso entre la multitud que aclamaba su nombre y pedían ser bendecidos. Al llegar a los pies de Sive, éste no dudó ni un solo instante y lo arrojó. El fuego no tardó en propagarse por doquier. El humo invadió sus pulmones. No podía toser, pues el gancho de la horquilla clavaba con fuerza sobre la mandíbula. Permaneció rígida, luchando por poder respirar, mientras a su alrededor la fiesta no cesaba. La bruja estaba a punto de morir por fin.

Logró soltar su collar de hierro. Cayó al suelo con un ruido seco, algo que sobresaltó a la gente más próxima. La sangre brotó como si fuera una fuente, pero esas heridas provocadas por ese arma no tardaron en cicatrizarse.

– Detened esto o ateneos a las consecuencias – avisó Sive.

– Calla, bruja. No tienes derecho a hablarnos de esa manera – escupió el sacerdote.

Al tornarse para insultar de nuevo a Sive, se llevó a la mano un rosario que llevaba debajo de la sotana. Los fieles que se encontraban a su alrededor también rezaron, temerosos por sus almas, llenos de miedo y desconcierto por lo que sus ojos estaban viendo. Pues Sive, la pecadora que había sido condenada a muerte, ardía, pero ese fuego purificador no la mataba. La envolvió como si se tratara de un cálido manto, quemando así sus vestiduras y sus cabellos. Su cuerpo permaneció desnudo, tal y como vino al mundo, ante el asombro de mayores y pequeños. El sacerdote trató de escapar abriéndose paso entre la gente, pero una fuerza sobrenatural le detuvo.

Sive deseaba calcinar a ese hombre de palabrería fácil y de actitud cobarde. Esa misma vocecita violenta la incitaba a calmar su sed de venganza. Pero decidió poner sus vidas en manos del destino.

– Este pueblo será devastado por oleadas de enfermedades, cada cual más mortal que la anterior. Ningún niño, hombre o mujer estará a salvo – maldijo la bruja con voz de ultratumba.

A continuación se transformó en un precioso fénix y desapareció entre las nubes. Sive no volvió por esas tierras hasta pasados unos cuantos años, cuando logró aplacar su ira. Bajo la apariencia de una anciana, recorrió las calles desiertas del que había sido su hogar durante tantos años. Se asomó a través de varias ventanas cubiertas de telas de araña y polvo. Fue entonces cuando se dio cuenta de que su maldición había hecho efecto entre los pueblerinos, quienes murieron de viruela, peste y otras enfermedades a las que no encontraron cura porque no tenían sus milagrosos remedios. Permitió que su gente descansara en paz y puso rumbo hacia el interior del bosque, buscando la tranquilidad que la había sido arrebatada, donde no se la vio nunca más.

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