Me gusta caminar por el parque en plena estación otoñal. El placer que siento al pisar las hojas secas y marrones con mis pies descalzos es indescriptible. Sube por las plantas de los pies un hormiguero provocado por el crujir de los ya antiguos trajes de gala primaverales y veraniegos de los árboles que custodian los caminos de este lugar tan puro que casi roza lo sagrado.
El calor ya no es tan sofocante como hace unos meses. No provoca sudor y tampoco roza el frío insoportable de las nieves del invierno. En pocas palabras: es perfecto. Tan perfecto que deseo que se parara el transcurso del tiempo y permanecer en silencio, con las hojas secas bajo mis pies desnudos, disfrutando del momento ajena a las preocupaciones diarias y cotidianas mientras oigo los cánticos de los últimos pájaros que aún no han migrado hacia el sur.
Extraigo un libro de mi mochila y me introduzco de lleno en su contenido. El viento mece las hojas y las hace bailar entre mis pies. Se me alborota el pelo, pero no es algo que me molesta demasiado. Estoy tan satisfecha, me siento tan en paz conmigo misma que veo innecesario maldecirlo mientras alzo mi puño enfurecida.
Otoño, ¿por qué no permaneces más tiempo con nosotros? Cuando ya nos encariñamos con tu agradable visita te vas, dejando atrás un mato blanquecino y marchito en esos campos que antaño teñiste de marrón, amarillo y naranja.
¿Dónde quedarán tus atardeceres tan llenos de encanto y magia? ¿Y tus mañanas libres de frío y calor? Yo te diré dónde permanecerán: en mi memoria, en mis huesos. Ahí se asentarán hasta que pase otro año más y nos honres con tu maravillosa presencia otra vez más.

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