No estaba de muy buen humor esa noche y la última idea que se le pasaba por la cabeza era regresar a casa y escuchar los mismos gritos de siempre que le taladraban; volver a ese agujero lleno de estiércol, basura y desorden en el que pronto nacería una colonia de ratas. No, no quería volver a ese lugar. Sin embargo, no le quedaba otra opción: era su casa, al fin y al cabo.
Su vida no era tal y como había planeado. Desde pequeño, había ansiado vivir por todo lo alto, derrochar dinero en caprichos, comer productos de la más alta calidad. Durante un tiempo saboreó y palpó ese sueño, pero en un abrir y cerrar de ojos, todos los cimientos que fue construyendo para llegar tan, tan alto, flaquearon y acabaron desplomados por el suelo. Se encontraba en el paro, se sentía desdichado y sin nadie a quién acudir para aliviar sus penas y desahogarse.
Fue entonces cuando decidió establecer su hogar en otro sitio: el bar. Ese pequeño lugar donde las botellas le consolaban y le ayudaban a olvidar sus problemas. O eso era lo que él quería creer. Con las primeras copas pensó que todos sus problemas se esfumaban con cada carcajada que escapaba de su boca. El whisky le recorría el esófago como el agua por unos canalones en un intenso día de lluvia. Cuando se quiso dar cuenta, su elixir se había evaporado. Fue entonces cuando sus problemas regresaron y, mientras sollozaba, pidió otra botella más. Y luego otra. Hasta que el bar cerró sus puertas.
Se arremangó y miró la hora: las cuatro y media de la mañana. Debería volver a su casa, a su verdadero hogar y hacer frente a sus pensamientos y las voces que le martirizaban. "Pero con una botella de ron", añadió. Fue a una gasolinera cercana y adquirió una botella.
– Señor, creo que ya ha bebido bastante. ¿Quiere que le llame un taxi? – preguntó preocupado el dependiente.
– No, iré a casa en mi coche – le contestó malhumorado.
– Siento decírselo, señor, pero no se lo puedo consentir. Deme sus llaves...
- ¡Que te jodan! – gritó y empujó al dependiente.
Fue ya demasiado tarde cuando se percató de su error al empujar al chaval, pues no se dio cuenta de que estaba cayendo muy cerca del mostrador trasero... demasiado cerca... Su cuello aterrizó sobre la superficie blanquecina con un chasquido y, a continuación, el cuerpo del dependiente, ya sin vida, se desplomó contra el azulejo del suelo.
Y ahí estaba él, mirando anonadado la fatal escena. Acababa de matar a un hombre que quería ayudarlo. Buscó las cámaras de la tienda, pero todo fue en vano. La locura le desquició y salió corriendo hacia la fría calle con algún que otro tropiezo. Había matado a un hombre inocente. "No ha sido mi culpa, no ha sido mi culpa". Pero en el fondo sabía que así era. Él le había empujado, él le había matado. La ley cargaría sobre sus hombros y, por ese delito, se imaginó cuál sería su castigo. No, no quería ir a la cárcel. No podía estar en la cárcel. No era un delincuente ni nada por el estilo…
"Pero has matado a un hombre inocente", le dijo su conciencia.
¡NO!
"Niégalo todas las veces que quieras, pero es un hecho y está grabado".
Esa voz… tenía que hacer callar esa vocecita interna que le decía constantemente cuál sería el peso de la justicia. Sólo conocía un método para silenciarlo: el alcohol. Volvió a la pequeña tienda y buscó desesperadamente su elixir, su necesidad de vivir. Allí estaban todas las botellas que le llamaban, que ansiaban calmar su sed y borrar sus recuerdos, detrás de una sucia ventana de cristal. No dudó ni un solo segundo al verlo y rompió la puertecita transparente. Agarró todas las botellas que pudo y corrió al coche.
Mientras el motor se ponía en marcha, el licor recorría su cuello y caía hasta sus piernas. "Tengo que hacerla callar, tengo que hacerla callar de una puta vez…"
Tomó la primera salida y acabó en la autopista. Aceleró. Desconocía a dónde ir, sólo quería huir. Huir de esa vida que le había tocado vivir. Correr y llegar lejos. Muy lejos de todo. Volvió a acelerar. La botella se había acabado, así que abrió otra más. Sus manos empapadas de alcohol hicieron que se la resbalara y cayera a los pies del asiento del piloto, cerca de los pedales. No le dio demasiada importancia y cogió otra. Intentó abrirla, pero le resultó imposible. El tapón se resistía, pero al final se rindió ante la fuerza del bebedor ansioso. Cuando miró al frente, vio que la carretera se acababa. En un intento de salvar su vida, pisó el pedal del freno, pero no resultó. La botella hacía de tope y no permitía que bajara.
"Vas a morir".
¡CÁLLATE!
Y la voz se cayó.
Había conseguido su propósito: dejó sus preocupaciones atrás. A cambio, tuvo que pagar con la moneda más cara que tenía: su propia vida.

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