Tempestades

Desde que empezó a conservar recuerdos en su mente, supo que no era una persona que atraía la buena suerte: por unos motivos u otros, todos los planes que preparaba en su cabeza acababan siendo un desastre. Sería mentira afirmar que los problemas residían en su torpeza o vaguería, pues, como muchos ya la habían comentado, era una persona amante del trabajo bien hecho, y si podía rozar el nivel de perfeccionismo, más satisfecha se sentía. Cuando no era más que una estudiante de sobresalientes (vamos, la típica empollona), sus profesores la incitaron a creer que con esa actitud, algún día, se comería el mundo. 

Pero nadie la dijo que sería una tarea simple de realizar. 

Cuando esa niña se convirtió en una adulta y se adentró en la jungla del mundo laboral aprendió que el que más lejos llegaba no era el trabajador fiel, el que se quedaba haciendo horas extra para satisfacer al cliente y a la propia empresa, sino el que se aprovechaba de ese trabajador honrado: bien un compañero o su jefe. Muchos golpes recibió, fueron muchas veces las que se cayó de bruces contra la realidad. Sus expectativas lentamente decrecieron y sus ganas de aprender y trabajar disminuyeron. Quiso llegar lejos y, sin embargo, lo único que hacía era andar hacia atrás, como los cangrejos, y, mientras, sus compañeros y jefes escalaban puestos y un estatus que no se merecían. Desde las alturas, los que una vez se sentaron a su lado, se reían de las desgracias de esa pobre niña trabajadora que quería ser alguien importante con esfuerzo y sudor. 

Así, como un náufrago que lucha por alcanzar la superficie en una noche tormentosa en medio del frío océano, fue hundiéndose en el más oscuro de los mares, sin tener cerca un salvavidas o un trozo de madera en que agarrarse para salir a flote. Esa tormenta perfecta, causada por aquellos arrogantes que se aprovechaban de los más trabajadores, la estaba matando lentamente. Sus lágrimas se camuflaban con el agua salada. Se sentía consumida, no sólo por sus propios pensamientos y sentimientos, sino también por la palabrería y los actos de los que la pretendían hacerla daño. 

"No sé por qué me dejo influenciar de esta manera por gente que sólo desea el mal para mí", se repetía una y otra vez. Pese a haber aprendido bien la lección, daba la sensación de que no tenía ninguna fuerza de voluntad para poner en práctica su aprendizaje. El por qué era todo un misterio, hasta para ella. 

Pero entonces una voz la susurro al oído: "No todos tus momentos son malos. También los hay buenos, sólo que no nos fijamos en ellos tanto como en los malos". 

"Damos por supuesto que los actos buenos de la gente que nos rodea son algo normal y corriente. Al producirse una situación agradable y cómoda, pensamos que son momentos breves en comparación con los malos. Al estar bien no sólo con los que están a nuestro lado sino también con nosotros mismos, creemos que el tiempo pasa volando, como un pájaro al que le abres su jaula. En cambio, los malos momentos, nos parecen tempestades temibles, y que no tenemos ningún tipo de refugio para resguardecernos hasta que se calme la situación".

"Pero en eso nos equivocamos".

"Los buenos y malos momentos duran lo mismo, todo depende de como los afrontes. Y ahora demuéstrate a ti misma que puedes controlar esta tormenta".

Fue entonces cuando se alzó, extendió un brazo y sintió el aire y la lluvia en su piel. Sin darse apenas cuenta, se encontró sobre el agua. Pudo ver el gran oleaje y unas gotas de lluvia que caían del cielo como si fueran flechas lanzadas por un millón de arqueros. Una gota aterrizo en su cara y la hizo una herida que pronto comenzó a sangrar. No se dejó guiar por el pánico y el miedo. Se sentía completamente sola, pero en el fondo de su alma sabía que sólo ella sería capaz de calmar esa tempestad. Oyó de nuevo esa voz que la alentó a emerger. "Ánimo", la gritó. Al momento, muchas otras voces se unieron a su canto. En cuestión de segundos, no se oía la lluvia y el oleaje moviéndose con intensidad, sino un cántico que la proporcionaba calor. Los rayos de sol se camuflaban entre las nubes negras y las olas amainaron su ritmo, hasta llegar a un estado cercano a la tranquilidad. Su mar de dudas seguía un poco turbio, pero al menos ya podía navegar sin temor a ahogarse, y eso, para ella, era un logro conseguido. 

Sin embargo, los golpes no cesaron. 

Volvió a ser herida por los deseos dañinos que ansiaban destrozarla, tanto moral como físicamente. 

Y fue entonces cuando grito: "¡Basta!".

En ese mismo instante, una burbuja dorada la envolvió. Esos insultos y malos actos rebotaban una y otra vez contra el escudo como si fueran pelotas de tenis que intentan perforar una pared. Chocaban contra la burbuja y, a continuación, se convertían en polvo. 

Pensó que, gracias a la pompa, se volvería inmune a las críticas y actos destructivos, pero se volvía a equivocar. El dolor aún la corroía por dentro, aunque la rabia se había esfumado. A cambio, la lástima por esas personas ocupó ese hueco vacío. Lástima por no tener otro camino para sentirse mejor consigo mismo. Lástima por ese carácter que le dictaba que hacer daño es algo bueno. 

"Son sus tormentas, no tengo por qué meterme en ellas", pensó y partió, de nuevo, hacia la felicidad.

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