Se preparó un café de máquina. Para esta ocasión, decidió disfrutar del sabor del café indio, una exquisitez perfecta para entrar en calor. El frío ya le había provocado varios escalofríos y sus pies y manos seguían convertidos en cubitos de hielo. Introdujo una cápsula en la cafetera, seleccionó el café largo y miró por la ventana. La lluvia se había intensificado. “Menos mal que llegué a casa a tiempo y no me ha caído el chaparrón encima”, se dijo. Con dificultad, vio el despliegue de paraguas de colores que circulaba por una calle aguada, cuyos ríos desembocaban en las alcantarillas y desagües. No vivía en un barrio demasiado concurrido. De ser así, estaría sufriendo el canto de los claxon de los vehículos que, en su afán por seguir su camino, no pararían de sonar. Era un hecho científico. Cuando las nubes desprendían sus primeras gotas de agua, los transeúntes desempolvaban los coches, y todo para no mojarse. “¡Pero si es agua!”, ha querido gritar en más de una ocasión. “¿Acaso no os mojáis cuando estáis en la ducha o en la piscina? Esto es casi igual”. La única pega que ponía a la lluvia era que, por culpa de la contaminación, ensuciaba su cabellera y ropas. “Pero esos problemas se solucionan con una ducha caliente y una lavadora”. Sólo la preocuparía la lluvia cuando ésta fuera ácida y daba gracias por que ese hecho aún no había llegado.
Algún despistado corría entre los paraguas, con el cuello encogido y la cabeza cubierta con su abrigo que se extendía por encima de sus hombros como las alas de un murciélago. Seguramente estaría maldiciendo su suerte por no haber sido precavido y no llevar un paraguas para protegerse del agua. Por esa zona no había terrazas ni soportales donde refugiarse, así que lo único que podía hacer era intentar cubrirse con sus alas de algodón y darse prisa por alcanzar el metro.
Un pitido procedente de la cafetera la trajo de nuevo a la cocina de su hogar. De su taza favorita emergía un hilillo de humo con un olor intenso. Se permitió el lujo de introducir la nariz en su interior y aspiró. Durante unos segundos, su mente la trasladó a la exótica India, concretamente a un bar, cerca del Taj Mahal, una de las nueve maravillas del mundo. Había perdido sus ropas occidentales y lucía un atuendo más acorde con el ambiente: una sencilla túnica y unos pantalones de tela fina. Detrás, unas jóvenes realmente bellas bailaban la mohiniyattam, una danza propia del sur de la India en la que saltaban ágilmente y realizaban movimientos muy suaves con el torso recto como un palo. El sarí blanco y dorado se movía grácilmente al son de la música. Alzó la vista y vislumbró de nuevo aquel edificio color marfil que se erguía entre un esplendoroso campo verde. “Con razón lo han declarado una de las maravillas del mundo”, se dijo mientras bebía su café indio lentamente.
“Me pasaría la vida entera contemplándote, gran corona”.
Y fue entonces cuando se despertó.
Dio el último sorbo de café con lástima y, mientras lavaba la taza que acababa de usar, pensó: “¡Qué lástima que no tenga dinero para viajar a la India!”.

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